El valor por excelencia de toda máquina es… la eficiencia. En las
organizaciones, la revolución industrial, comenzó la implacable marcha hacia la
eficiencia mecánica, y así terminamos hoy con un alocado sistema de gestión de
las personas, que cree que algo eficiente... es también algo efectivo.
Más rápido se volvió sinónimo de MEJOR. Todo lo que promete resultados más
rápidos se vende mejor que aquello que necesita disciplina y paciencia. Los
managers suelen pedirme procesos de tres días en tres horas...y yo mismo, me
siento bien si hice gran cantidad de cosas al final del día.
Pero seguimos siendo personas, y no máquinas. No podemos trabajar –ni vivir-
bajo los mismos valores. Es necesario que busquemos juntos otros valores, que
nos sostengan en nuestra diversidad, ritmo y naturaleza. La máquina no respira,
ni siente. No crea, no genera nuevos sentidos, no imagina, sueña, no escucha...
ni decide lo que es importante.
Somos nosotros, quienes debemos garantizar la práctica recurrente de estas
habilidades, para que nuestra humanidad siga intacta. Si no lo hacemos, porque
“hay mucho que hacer y es una
pérdida de tiempo”... es hora de respirar profundo, y llamar al
resto.

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